Construir un pensamiento es vestirse de él. Las palabras, los conceptos, las ideas, las imágenes, los sonidos, tienen una energía, emiten una vibración, un color, un sonido, un sentimiento. Y la energía es contagiosa, se adhiere a cualquier ser. Así, siempre que producimos algo cargado de energía (una canción, un poema, una brillante idea, un ánimo, una palabra de consideración, de amor; o una grosería, un juicio, un pensamiento de asco, de miedo, de humillación), parte de esa energía que emitimos se queda en nosotros, se enchufa a nuestro centro vital, nos carga o descarga, nos envuelve, rodea, viste, cubre nuestro cuerpo espiritual o lo corroe. Por eso, cuando basados en juzgamientos religiosos, ideológicos, políticos, éticos o culturales, incluso individuales, en realidad nos estamos bañando en eso; pero ojo, no quiere decir que nos convirtamos en eso que odiamos, es más bien un autosabotaje u...